viernes, 24 de abril de 2015

El templo del Fénix


Continuando con el ciclo del patrimonio arquitectónico heredado de la era Heian toca ver ahora uno de los que ha permanecido más intacto hasta nuestro días, y aunque en su momento llegó a ser más grande, su parte más importante ha permanecido casi invariable e intocable, superando terremotos, incendios y guerras. Estoy hablando del Byōdō-in o comúnmente llamado el Templo del Fénix. Realmente este emblemático lugar no se encuentra en la misma ciudad de Kyoto, sino en la de Uji, a las afueras del valle donde se levanta la antigua capital y libre del abrazo de la cordillera montañosa que separa Kyoto de Shiga. En el Genji Monogatari, obra de referencia sobre la era Heian, Shikibu Murasaki relata como los cortesanos tenían a la villa de Uji como un lugar de descanso y recogimiento, la aldea coge especial relevancia al final del libro, donde el protagonismo pasa a los descendientes del héroe de la historia, Hikaru Genji, de quién se dice estaba inspirado en el Príncipe y Gran Chambelán de la corte, Minamoto no Tōru, y es con este personaje con quien voy a empezar. A diferencia de como sucede en Occidente, la línea sucesoria imperial no pasaba directamente de padre a hijo mayor, sino que el Emperador a criterio propio o aconsejado por su séquito de consejeros y nobles decidía quién iba a ser su sucesor en el trono, y como ya expliqué en su momento el clan Fujiwara solía tener el control de este poder. Tōru aun no siendo el hijo mayor, debido a su linaje imperial podía llegar a ser Emperador, pero sólo se quedó en Gran Chambelán del Imperio, cargo que entre sus funciones estaba ser el secretario personal del Emperador. Pero además de deberes tenía derechos, y muy privilegiados, moverse con libertad por todo el palacio imperial, poder de decisión en ciertas cuestiones importantes o ser un personaje de cierta influencia eran sólo una parte, otra más era tener posesiones fuera del palacio, y entre ellas estaba la residencia que tenía en Uji, que acabó siendo el Templo del Fénix actual. Tōru consta como el primer propietario de la hacienda, hasta que, casi un siglo después, muy a finales del siglo X, pasó a ser de Minamoto no Shigenobu, nieto del Emperador Uda, y Ministro de la Izquierda de la corte imperial, una de las posiciones más altas en las cuales se dividía el escalafón de rangos de los cortesanos. Sin embargo, por aquella época los Fujiwara ya ejercían una notable influencia en las decisiones del Emperador, mediante matrimonios concertados entre él, o posibles sucesores, con las mujeres del clan, una vez tenían un lazo cercano con el poder imperial, llegaban incluso a provocar abdicaciones a favor de sucesores menores de edad, con lo cual, ellos se aseguraban el poder a través de la regencia con el cargo de Sesshō, o incluso llegaban a ejercer el mismo poder siendo Kampakus, una especia de primer consejero imperial, de un Emperador ya adulto pero influenciable. Este fue el caso de Michinaga Fujiwara, uno de los miembros del clan que acumuló más poder a lo largo de toda la era Heian. Padre de Emperatriz, y abuelo de dos Emperadores, ocupando la regencia imperial tanto como Sesshō como Kampaku. Hasta ahora la residencia de Uji había estado ocupada por personajes con un linaje imperial, los Minamoto. Sin embargo, Michinaga fue el primer Fujiwara que se convirtió en su propietario y como sus predecesores, hizo servir el palacete como su lugar de recogimiento fuera de Kyoto. En el 1027, un año antes de morir Michinaga, el palacio de Uji pasó a manos de su hijo, el Canciller del Imperio, Yorimichi Fujiwara, y aquí es cuando comienzan los cambios relevantes.
Como había explicado previamente, debido a la necesidad que tuvo el Emparador Kanmu de huir de la presión de las escuelas budistas de Nara, como la Hossō o la Kegon, a finales del S.VIII trasladó la capital imperial a Kyoto, deseando que fuera un lugar exento de cualquier intrusión religiosa, y salvo pequeñas concesiones a la secta Shingon, no había habido otro tipo de intrusión. Sin embargo, a las afueras de la capital, más precisamente en el monte Hiei, en las montañas al noreste, comenzó el surgir de otra escuela budista, que tenía también la intención de ser clave en la evolución de la capital, estoy hablando de la secta Tendai. Aunque durante largo tiempo la capital estuvo libre de su influencia, a la vez que los Fujiwara iban ganando poder sobre la realeza la influencia de esta secta iba en aumento, tanto que al final ni la capital ni sus respectivos Emperadores pudieron desligarse de su influjo. Retomando el punto anterior y volviendo al proceso de cambio del Byōdō-in,  en el 1052, Yorimichi Fujiwara decide conceder su palacete de Uji a la escuela Tendai, pasando a ser un templo budista. Es entonces cuando surgen las principales modificaciones, creándose al año siguiente el recinto que albergará al buda gigante de Uji, el llamado Salón de Amida. Una de las curiosidades que se dieron durante su diseño inicial, fue la colocación de dos fénix en la parte superior del templo, al principio la idea era poner dos cabezas de dragón, sin embargo, la idea de los fénix, influencia acabada de llegar de China, convenció más dada la ausencia de esta figura mitológica en otros templos, fue entonces que gracias a esta particularidad tan especial al Salón de Amida se le comenzó a llamar el Salón del Fénix. Durante los años posteriores, la estructura del templo irá en aumento, hasta que tres siglos después, en 1336 la gran parte de éste es destruida durante los altercados producidos en el ocaso de la restauración Kenmu, cuando el Emperador Go-Daigo es derrotado por los hermanos Ashikaga tras rebelarse contra el shogunato de Kamakura, que conllevó a los herederos de los Minamoto y los Hojo a trasladar el shogunato a Kyoto, dando inicio a lo que se conocerá como la era Muromachi y la consecuente militarización de todo el país.
De aquel templo del Byōdō-in sólo queda la estructura principal, el famoso Salón del Fénix en frente del estanque, panorámica digna de cualquier postal, tanto que en 1994 la UNESCO lo nombró Patrimonio de la Humanidad. Como homenaje a la singularidad del templo, en 1951 el Banco de Japón decidió estampar en el reverso de la moneda de 10 yenes el templo del Byōdō-in, y tiempo después, en 2004, sacó a circulación el billete de 10.000 yenes donde puede verse a uno de los fénix de dicho templo. Por tanto, si tenéis de la oportunidad de tener una moneda de 10 yenes en vuestras manos, o un billete de 10.000 yenes, esto un poco más difícil, echadle un ojo, ese templo y ese fénix pertenecen a uno de los intereses culturales y históricos más emblemáticos del país.

jueves, 17 de mayo de 2012

Kioto I: To-ji, Kiyomizu-dera y Yasaka-jinja

De todas las veces que he estado en Japón, tan sólo una vez no fui a Kioto, debido principalmente a que me era imposible ir. Kioto conserva como muy pocas ciudades la esencia cultural e histórica del país, siendo junto a Nara la que conserva más patrimonio cultural arquitectónico por metro cuadrado. Con un breve vistazo al mapa turístico de la ciudad podremos descubrir que simplemente yendo a pie, en bicicleta, en autobús o en metro podemos visitar un montón de monumentos históricos como templos budistas, santuarios sintoístas, palacios imperiales y majestuosos castillos. Toda una amalgama de construcciones históricas que sería difícil escoger una por encima de las demás. Cualquier persona que haya estado en Kioto o que tenga pensado ir y tenga una idea aproximada de lo que quiera visitar tendrá una predilección diferente de su monumento favorito, algunos dirán el Templo dorado Kinkaku-ji, y otros estarían entre el Castillo de Ni-jo, la pagoda dentro del templo de To-ji, el maravilloso templo de Kiyomizu-dera, el majestuoso Palacio Imperial de Kioto, o incluso yendo un poquito más lejos el increíble santuario de Fushimi Inari Taisha.

Una imagen compuesta por 6 fotografías correspondientes a Kinkaku-ji, Castillo de Ni-jo, To-ji, Kiyomizu-dera, Palacio Imperial y Fushimi Inari Taisha
De izquierda a derecha y de arriba a abajo:
Kinkaku-ji, Castillo de Ni-jo, To-ji,
Kiyomizu-dera, Palacio Imperial y Fushimi Inari Taisha
Seguramente también habrán otros que sencillamente prefieran algo diferente como el barrio de las geishas llamado Gion, o incluso gozar o haber gozado del Gion Matsuri, el festival de las carrozas de Kioto que se celebra en pleno mes de julio, o simplemente contemplar durante la noche del 16 de agosto las hogueras en forma de kanji sobre las montañas que rodean la ciudad en la celebración del Daimonji. Como se puede ver Kioto ofrece un conjunto de visitas turísticas interminables en un sólo viaje de placer, pero como quiero enlazar los próximos posts con el anterior, sólo me concentraré en el patrimonio cultural heredado hasta el período Heian, período desde el cual la capital de Japón no abandonó dicha ciudad definitivamente hasta la era Meiji. Pero antes de comenzar con cualquier explicación es interesante comentar un poco sobre la historia previa y los rasgos geográficos de la ciudad.
La importancia que tuvo el asentamiento de la capital en la actual ciudad de Kioto es que definitivamente se escogía un lugar estable para albergar a la corte imperial, previamente durante años ésta se había ido moviendo por diferentes lugares entre las prefecturas de Nara, Shiga, Osaka y de la misma Kioto, los motivos de todos estos traslados podían ser diversos como tensiones entre la familia imperial, el alejamiento de una fuerte presión budista, guerras, enfermedades e incluso caprichos. El lugar se escogió por razones diversas como que no quedaba muy lejos del último asentamiento de la capital en Nagaoka, y el traslado por tanto sería más sencillo. Pero las razones principales del traslado eran geográficas, la zona que abarcaba las comarcas de Kadono y Otagi eran atravesadas por varios caudalosos ríos que tenían su origen en las montañas que rodeaban toda la región salvo en el extremo Sur, de todos estos ríos habían dos principales que flanqueaban el territorio, el río Katsura al Oeste y el río Kamo al Este. Es este último el más famoso y conocido, dado que atraviesa el casco antiguo de la ciudad, siendo utilizado durante años como lugar de reunión en primavera para ver los cerezos en flor situados a lo largo de su cauce,  y de lugar de encuentro para parejas de enamorados, grupos de amigos y familias para disfrutar de los festivales de verano desde su orilla. Los puentes de diferentes colores que lo atraviesan son otra de las marcas representativas de la ciudad, los habréis cruzado o los tendréis que cruzar para ir a sitios tan emblemáticos como los templos de Ginkaku-ji y Kiyomizu-dera, el santuario de Heian-jingu, o el  mismo barrio de Gion. Volviendo al río Kamo, a la altura del palacio imperial absorbe al río Takano, para finalmente desembocar más al Sur de la ciudad en el río Katsura, éste a su vez confluye con el río Uji, nacido del enorme lago Biwa, para formar entre los dos el largo río Yodo que llega hasta la misma ciudad de Osaka.
Tal cantidad de ríos puede ser explicada como he comentado antes por la cordillera montañosa que rodea la ciudad, si cogéis Google Maps, buscáis Kyoto y ponéis el mapa en relieve veréis como de acotada esta la antigua capital, es por ello que si habéis viajado a Kioto en pleno verano habréis comprobado que el calor es sofocante, incluso en días de mucha calor y humedad puede ser totalmente insoportable. A parte de que cuanto más al Sur del país vayamos el calor y la humedad en verano aumentarán, el hecho de que la ciudad este envuelta por la cordillera montañosa hace que el viento no circule con normalidad, otorgando una sensación de calor mayor de lo habitual. Al comienzo del asentamiento de la capital el abrazo de las montañas permitía que la ciudad tuviese recursos hidrológicos suficientes y daba una sensación de mayor seguridad, sin embargo limitaba bastante el acceso a la ciudad, y es por aquí por donde quiero comenzar explicando el patrimonio heredado de la era Heian, por la puerta de entrada a la ciudad.

Fotografía del Templo de To-ji
Templo de To-ji
Templo To-ji:
Puede que por este nombre no lo reconozcáis pero es el templo que acoge la famosa pagoda de Kioto, una de las imágenes más representativas de la ciudad, y que al estar al lado de la estación de tren es la que, de alguna manera, da la bienvenida a la antigua capital. Fue de las primeras construcciones que se realizaron cuando la familia imperial aterrizó en aquel lugar, pero nuestro actual templo de To-ji oculta un secreto que el pasado nos desvelará convirtiendo a la pagoda en un eje de referencia para imaginar como era aproximadamente la capital durante el período Heian. Como se ha explicado antes, la ciudad estaba rodeada por toda una cordillera de montañas, siendo la parte más accesible a la capital la parte Sur, es por este hecho que cuando se comenzó a construir el palacio imperial, éste miraba hacia esa dirección, la misma ciudad fue diseñada hacia el mismo sentido, y finalmente en el perímetro más meridional se creó la puerta de acceso a Heian-kyo, como se llamaba a Kioto durante esa era. El nombre de esta puerta era Rashomon, como la conocida película de Akira Kurosawa, que se basaba en los relatos de un mismo suceso desde diferentes versiones explicados justo debajo de la puerta del mismo nombre. Para proteger la ciudad de los malos espíritus que pudiesen venir del exterior la gran puerta estaba flanqueada por dos templos budistas casi idénticos pertenecientes a la escuela budista Shingon, el templo al Oeste se llamaba Sai-ji y el templo al Este, To-ji. Aunque el emperador Kanmu era reticente a que hubiesen templos budistas dentro de la ciudad en un principio permitió la construcción de estos dos templos junto a la puerta de Rashomon, sin embargo años después cuando la construcción había quedado a medias, la escuela Shingon se hizo cargo del acabado de los dos templos, construyendo una pagoda de cinco pisos en cada uno de ellos, edificaciones por otro lado características de esta rama budista por aquella época, por ello en la mayoría de templos Shingon podemos encontrar una pagoda, sea el caso por ejemplo del templo de Koya-san en Wakayama o el Shinsho-ji en Chiba. Volviendo al templo To-ji, debido a su posición estratégica en la actualidad podemos utilizar su situación como referencia para imaginar como era la desaparecida Heian-kyo. Mirando hacia las montañas, como si fuésemos a entrar en la gran ciudad, el templo se encontraba a la derecha de la puerta de Rashomon, atravesándola nos encontraríamos con la gran avenida de Suzaku, como unos Parques Elíseos, que conducía directamente a la entrada del Palacio Imperial. Si cogemos un mapa actual de la ciudad de Kioto, no encontraríamos rastro alguno de esa avenida, pero sabiendo la posición de To-ji podríamos imaginar donde estaba, si tenéis suerte y tenéis un buen mapa, puede que os señale el lugar donde se encontraba la puerta de Rashomon. Si trazamos una línea recta desde ese punto hasta la estación Ni-jo de la JR, estaríamos más o menos delante de donde se alzaba el antiguo palacio de Heian. Subiendo un poco más nos encontraríamos con una señalización que nos indicaría que en ese sitio se encontraba la puerta de Suzakumon, puerta de acceso al palacio imperial, y si giráramos hacia la derecha nos toparíamos con el Castillo de Ni-jo. Este castillo se levantó a principios del S.XVII sobre parte de los terrenos donde se situaba el antiguo palacio, que en aquel momento ya llevaba siglos destruido.
Del desaparecido palacio de Heian sólo queda la reproducción a una escala inferior que se realizó a finales del S.XIX, denominada Heian-jingu, actualmente un santuario sintoísta pero que en un principio tenía como función reproducir el aspecto del antiguo palacio imperial.
De la famosa entrada de la ciudad sólo queda en pie el templo de To-ji, su templo hermano Sai-ji, y la puerta de Rashomon acabaron en ruinas durante el período de dejadez, corrupción y conflictos de intereses y religiosos en la que se vio sumida la capital en los albores del final de la era Heian. El mismo templo To-ji tuvo que ser parcialmente reconstruido en el S.XV

Fotografía del Templo de Kiyomizu-dera
Templo de Kiyomizu-dera
Kiyomizu-dera:
En la misma película Rashomon el monje budista testigo de los relatos del leñador dice que viene del templo Kiyomizu, se refiere a este mítico y bello templo que se encuentra en los límites de la ciudad, exactamente en la parte sureste. Aunque es un templo bien conocido en Japón, saltó a la fama mundialmente en el 2006 cuando se convirtió en uno de los 21 candidatos en el concurso de la Fundación New7Wonders para escoger las nuevas 7 maravillas del mundo. Sin embargo el actual templo de Kiyomizu-dera poco tiene que ver con el de la era Heian.
Uno de los motivos por los cuales la corte imperial se trasladó tantas veces fue para huir de la fuerte presión que ejercían las escuelas budistas de Nara, es por ello que cuando el Emperador Kanmu fundó la ciudad de Heian-kyo prohibió la instalación de templos budistas en la capital, salvo como expliqué anteriormente los templos de To-ji, Sai-ji y uno pequeño dentro del mismo palacio llamado Shingon-in, los tres de la escuela budista Shingon, que gracias a los nuevos preceptos que traían de China se ganaron la confianza primero del clan Fujiwara y después de la misma familia imperial. No obstante, las escuelas de Nara no capitularon y fueron siguiendo a la corte imperial allá donde fuese. Fueron ellos, concretamente la escuela budista Hosso, quienes una vez se hubo asentado la nueva capital decidieron crear el templo de Kiyomizu-dera a las afueras de la ciudad. El templo dependía directamente del de Kofuku-ji en Nara, el segundo en importancia dentro de la escala budista tras el de Todai-ji. De esta manera pretendían seguir manteniendo su influencia sobre la corte imperial, sin embargo por aquella época surgía otra escuela budista que convirtió Kioto en su feudo, fue la predominante en la capital y llegó a ser la gran rival de las de Nara. La escuela budista Tendai. Los conflictos entre esta escuela y las de Nara, como Kegon y sobre todo Hosso, por ganarse la influencia del imperio provocaron graves altercados que acabaron en el incendio de muchos de los templos de estas escuelas, y Kiyomizu-dera no fue una excepción, aunque en aquel entonces no era el gran templo que es ahora. No fue hasta ya entrado el S.XVII que el templo se transformó en lo que es hoy.

Fotografía del Santuario de Yasaka jinja
Santuario de Yasaka jinja
Yasaka jinja:
En la misma ciudad de Kioto en pleno barrio de Gion se puede encontrar el bello y colorido santuario sintoísta de Yasaka, fácil de encontrar porque se sitúa en el cruce de dos de las calles más transitadas de la ciudad, Higashioji-dori y Shijo-dori. Debido a su color rojo intenso que lo hace bastante llamativo no es muy difícil de ver incluso desde lejos.
En la entrada podemos encontrar dos Komainu, dos leones guardianes de santuarios sintoístas de influencia China, que como muchas otras cosas llegaron a Japón a través de Corea. Sus primos chinos llamados Shishi se usaban como protectores de lugares importantes, como el mismo palacio imperial o templos budistas, en Japón sin embargo fueron utilizados principalmente para custodiar santuarios sintoístas, aunque también pueden ser encontrados en algunos templos budistas. Podemos encontrarlos no sólo en forma de león, sino que también en forma de zorro llamado Kitsune, como en los santuarios que veneran a la diosa Inari.
Subiendo un poco más, en la puerta Nishiromon, el gran arco de entrada al santuario, nos encontramos con dos guardianes más, pero esta vez son dos Nio o Kongorikishi, suelen ser guardianes que custodian la puerta de acceso a templos budistas, pero como en este caso en cuestión también se les pueden encontrar en santuarios sintoístas. Suelen tener forma humana, de aspecto fuerte y temible y de gran tamaño. Sin embargo, los de Yasaka son guardianes de aspecto apacible vestidos de guerreros de la era Heian, siendo un ejemplo de como vestían e iban armados los guerreros de aquella época. Pero lo que destacaría más del santuario es el Maidono o Kagura-den, el recinto donde sólo en días especiales se realizan las danzas kagura, una especie de bailes con máscaras similar al teatro Noh que precisamente tiene su origen en este tipo de folklore japonés. Al caer la noche, las linternas de papel llamadas chochin que rodean el escenario se iluminan dando una maravillosa e imborrable imagen del lugar.

Fotografía del maidono del santuario de Yasaka jinja
Maidono del santuario de Yasaka jinja
Aunque no era ni mucho menos el único santuario de la ciudad durante la era Heian gozaba de mucha de popularidad, dado que el dios confinado en su interior era el mismo Susa-no-o, el macho impetuoso. Dentro de la mitología japonesa de la cual se basa el sintoísmo es sin duda uno de los dioses más carismáticos de todos. Aunque en el mundo de los dioses representaba la envidia y avaricia provocando acciones malévolas contra sus hermanas, especialmente contra Ama-terasu, cuando es castigado y enviado al mundo de los humanos cambia de actitud y se convierte en un personaje justo y bondadoso. Su acción más conocida es cuando mata a la gran serpiente de ocho cabezas Yamata-no-Orochi, para salvar a una joven que le iba a ser sacrificada, primero emborrachándola de sake y luego cortándola a trozos con su espada. Tras hacerlo descubre dentro del cuerpo de la serpiente la espada sagrada Ame-no-Murakumo-no-Tsurugi llamada comúnmente Kusanagi, que entrega a su hermana Ama-terasu para ganarse su perdón. Esta misma espada sería la que según la leyenda le fue entregada al Príncipe Yamato para afrontar sus misiones contra la tribu de los Ainu que ocupaban toda la zona oriental del país. Por su parte, Susa-no-o después del perdón de Ama-terasu, se queda a vivir  en el mundo de los humanos con la joven a la que rescató. En resumen esta podría ser una breve explicación del dios Susa-no-o al cual se le ha comparado muchas veces con el personaje de Sant Jordi.
Yasaka jinja no es el único santuario que dice tener enclaustrado a Susa-no-o, es normal encontrarse diferentes santuarios que veneran a la misma deidad, pero incluso dentro de la misma religión sintoísta existen dos santuarios por excelencia que están por encima de los demás, son el santuario de Ise en la prefectura de Mie que venera a la diosa Ama-terasu y el santuario de Kumano Taisha en la prefectura de Shimane el que es considerado la referencia entre todos los santuarios que adoran a Susa-no-o. Dado que según la mitología cuando Susa-no-o es enviado al mundo terrenal llega a esta prefectura, es aquí donde podemos encontrar más santuarios dedicados a esta deidad, junto al de Kumano esta el de Susa y el de Yaegaki. Sin embargo, Yasaka-jinja o Gion-sha como se llamaba por aquel entonces dando nombre a toda la zona donde se ubicaba, era el único santuario dedicado a Susa-no-o en la capital imperial y de ahí su importancia y su influencia a lo largo de los años. Es por ello que cuando en el 869 todo el país estuvo sumido bajo una plaga y una sucesión de desastres naturales el Emperador Seiwa pidió a la población de Kioto que fuese a rezar al dios Susa-no-o del santuario de Gion-sha para que apaciguase al demonio al que se consideraba culpable de todos los azotes que estaba sufriendo el país. Finalmente se decidió por hacer una procesión del O-mikoshi de Gion-sha hasta los jardines de Shinsen-en dentro del mismo palacio imperial, y que en la actualidad aún pueden visitarse, aunque como muchas otras cosas han cambiado bastante de su versión original. Estos O-mikoshi, o sencillamente Mikoshi, son mini-santuarios portátiles donde la respectiva deidad está confinada, cada cierto tiempo se les saca del recinto llamado Honden que hay en cada santuario para hacer una pequeña procesión. En cuanto a lo que respecta a la procesión ordenada por el Emperador Seiwa estaba compuesta por el Mikoshi y 66 alabardas, una por cada provincia del país, tras recorrer parte de Heian-kyo llegó hasta los jardines de Shinsen-en, que habían sido protagonistas ese mismo siglo cuando Kukai el fundador de la escuela Shingon consiguió hacer llover mediante sutras budistas desde el mismo jardín, debido a esto se creó en ese lugar un pequeño santuario que albergaba a la diosa Zennyo-Ryu. Tras realizarse la procesión, tanto la plaga como los desastres naturales desaparecieron, y fue por este motivo por el que cada vez que se producía una plaga de abasto nacional se volvía a realizar la procesión, a la cual conocemos hoy en día como el Gion Matsuri.
En un principio el Gion Matsuri, nombre que le viene del mismo santuario Gion-sha desde donde salía su respectivo Mikoshi,  sólo se realizaba esporádicamente, pero finalmente a partir del 970, durante el mismo período Heian, se convirtió en un evento anual. Sin embargo no fue hasta el período Edo que el festival se transformó en lo que es hoy, portando grandes carrozas decoradas de vivos colores.

Fotografía del Gion Matsuri
Gion Matsuri
Aunque cuando comenzó tenía un cariz religioso y exclusivo, poco a poco se fue convirtiendo en un evento más popular y accesible, siendo los potentes mercaderes textiles de Kioto quienes comenzaron a celebrar el festival durante la era Muromachi. Tras conflictos y prohibiciones los mercaderes consiguieron mantener con vida el festival hasta la era Edo, desde la cual se ha mantenido de manera similar, salvo que en vez de las primeras 66 alabardas se utilizaron 32 carrozas, representando a los 32 distritos en los que se componía la zona de la industria textil del kimono en Kioto, más o menos en la parte noroeste de la capital, en el actual barrio de Nishijin. Las 32 carrozas llamadas yamaboko se separan en dos tipos, las yama y las hoko, las yama son 23 pequeñas carrozas que son llevadas a hombros o que provistas de pequeñas ruedas son empujadas, sin embargo las hoko son más grandes y tienen grandes ruedas de madera que permiten su fácil movimiento tirando de ellas mediante cuerdas.
Es por todo esto que se podría decir popularmente hablando que Yasaka jinja es uno de los santuarios más importantes de Japón junto a otros como el de Fushimi Inari Taisha, también en Kioto. No es extraño por tanto que dado su incierto origen, si fue primero un templo budista o un santuario sintoísta,  dado que el recinto ya existía un siglo antes del establecimiento de la capital en aquella zona, escuelas budistas como la Hosso o la Tendai se hayan peleado por su patrocinio, acabando en manos de la rama de Kioto hasta la era Muromachi, de ahí que en el santuario hayan mezclados rasgos budistas y sintoístas, como los guardianes Nio o la misma puerta de entrada, elementos más típicos de un templo budista.

miércoles, 2 de mayo de 2012

El ocaso del período Heian

Emblema clan Hojo
Emblema del clan Hojo
En la parte final de mi último post hablé sobre el castillo de Odawara, perteneciente al clan Hojo durante 1495 a 1590, cuando les fue arrebatado por Toyotomi Hideyoshi. En ese preciso momento me quedé con las ganas de explayarme un poco más sobre uno de los clanes más relevantes en la historia del Japón. Hablar sobre el clan Hojo, es como estirar de la punta de un ovillo y descubrir que la influencia de este clan es una de las más duraderas de la cronología japonesa,  empezando desde el período Kamakura.
El origen de este clan proviene de mucho más allá, del período noble y cortesano llamado Heian. Por ello antes de adentrarme en los hechos históricos que caracterizaron al clan Hojo para llegar a ser uno de los más influyentes en el devenir del Japón, es mejor que empiece por explicar el trasfondo histórico de aquel momento, a través de la trilogía literaria más famosa de todas. 
La literatura japonesa nos ofrece una obra maestra para desentrañar la forma de vida y las costumbres durante el período Heian, el Genji Monogatari, la traducción sería la novela, el relato, la historia de Genji. El valor que tiene esta novela es incalculable dado que fue escrita durante el mismo período Heian, convirtiéndose en una fotografía literaria de como se vivía en aquella época. Por otro lado, comparándose con otras novelas posteriores que mezclan realidad con ficción, ésta es totalmente ficticia, aunque algunos personajes según se ha comentado están basados en personajes que realmente existieron. Por otro lado, a diferencia de otros monogataris posteriores, entre los cuales están los que comentaré, ésta es más una novela, mientras que el resto parecen más romanceros o cantares que estaban basados en canciones de monjes ciegos, que como los trovadores europeos, iban cantando lugar por lugar historias diversas relacionadas con antiguos señores feudales, grandes batallas y hechos destacables, todo entremezclado con enseñanzas y moralejas budistas.
Durante este período de costumbres cortesanas y proliferación de la no violencia física, la influencia sobre el poder se ejercía mediante matrimonios concertados o controles hereditarios. El poder estaba personificado en la figura del Emperador, sus familiares cercanos, y sus más allegados, sin embargo ninguno de estos conseguía realmente hacer uso de ese poder, dado que siempre caía en un miembro de los Fujiwara, los entresijos de la corte imperial eran sin duda territorio de este clan, que ejerció de esta manera su influencia sobre la familia imperial durante casi todo el período Heian. Este control no era muy difícil de mantener una vez se hubiese llegado a las zonas de influencia, el clan Fujiwara era conocido en aquella época por ocupar cargos de ministros y consejeros de la familia imperial, al mismo tiempo que sus hijas eran escogidas para ser esposas o consortes de los emperadores, teniendo una influencia directa sobre todos ellos. Pero tras la muerte del Emperador Montoku en el año 858, Fujiwara no Yoshifusa consiguió que su nieto, el príncipe Korehito, tan sólo de ocho años ascendiese a Emperador, saltándose en el orden hereditario a su hermanastro mayor, el príncipe heredero Koretaka, y así convertirse en el nuevo Emperador Seiwa. Al ser éste tan sólo un niño su abuelo cumplió funciones de Emperador regente, asumiendo todo el poder y control. En las generaciones siguientes se podían dar dos casos: Cuando el niño-emperador tenía la edad suficiente para cumplir con sus funciones, el regente Fujiwara pasaba a ser canciller imperial, manteniendo la influencia en las decisiones. Sin embargo si veían que el niño-emperador demostraba tener una personalidad un poco fuerte e independiente  y existía el peligro que perdiesen influencia sobre él una vez tuviese la edad para coger las riendas del imperio, lo que hacían era que abdicase en favor de su hijo, diciendo que había tomado la decisión de tomar los hábitos para hacerse monje budista y ostentar el título de Emperador-monje, como era también costumbre en los emperadores a una cierta edad. Aunque también se podía dar el caso que simplemente ostentasen el cargo de Emperador-retirado, aunque esta posición no era tan influyente ni tan importante como la de Emperador-monje. Este cambio de padre a hijo también sucedía si había otra facción, otro clan, que al querer tener influencia en la corte quisiese cambiar el orden hereditario a favor de su heredero, entonces antes de que se produciese cualquier conflicto, el Emperador, aconsejado por el canciller imperial, o el joven-emperador, obligado por el Emperador regente, abdicaba en favor de su hijo descendiente de los Fujiwara.
Por supuesto también existía el caso de personajes ajenos a los Fujiwara que ejercían una cierta influencia sobre el niño-emperador y luego también sobre el Emperador ya adulto, en este caso si los Fujiwara veían un peligro en dicha influencia, exiliaban al personaje en cuestión, dándole un cargo sin importancia en un lugar lejano a Kioto, como le sucedió en 901 a Sugawara no Michizane, el considerado referente y erudito de la poesía china en Japón.
Llegado a este punto, quien se este leyendo esta entrada se estará preguntando que tiene que ver el clan Fujiwara con el clan Hojo, sencillamente que el clan Hojo tiene sus orígenes en este período Heian, y aunque su influencia no llegará hasta el período Kamakura, su forma de influir en el poder era similar a la del clan Fujiwara. Ahora después de un salto temporal voy al ocaso del período Heian y en los albores del de Kamakura, una etapa de la que habla el Hogen Monogatari, el inicio de una trilogía literaria que trata sobre el ascenso del clan Taira y su posterior aniquilación. El Hogen Monogatari tiene como argumento principal el cambio de actitud de la política de sucesiones en la capital, pasando de una influencia mediante matrimonios concertados a intentar conseguirla mediante el uso de la violencia. La caída de los valores cortesanos en favor de la actitud de los guerreros viene influenciada por la importancia que estaban obteniendo estos últimos, y como se verá al final del tercer libro, serán finalmente los guerreros del Norte quien acabarán acaparando todo el poder militar. Desde la perspectiva japonesa, deberían ser los guerreros del Este. La percepción que pueda tener cualquier persona occidental sobre la isla principal de Japón, es separarla entre Norte y Sur, sin embargo desde la perspectiva japonesa, esto no es así, la separación se hace entre Este y Oeste, donde quizá la separación entre uno y otro esta en la frontera entre las prefecturas de Gifu y Nagano.
Mientras la vida cortesana en la capital imperial estaba basada en el cultivo en el arte, la literatura y el budismo, debido a una existencia ociosa y pacífica, todo lo contrario podía encontrarse en otras regiones del imperio, alejadas de la influencia y protección de la capital. En estos lugares el cultivo por la cultura y la religión fue sustituido por la doctrina del arco y las flechas. Sin embargo, los cabecillas que gestionaban estas regiones no eran simples guerreros, eran descendientes directos de emperadores que entre finales del período Nara y mediados del período Heian, habían ido enviando a sus vástagos alejados de la línea sucesoria, a dominar diferentes lugares en nombre del Emperador. Después una vez asentados esos territorios, los mantenían y los defendían de hordas enemigas. Debido a esto muchos de ellos no se habían visto influenciados por las formas refinadas de la aristocracia de la capital, sino por el arte de la guerra. No obstante, al ser conocedores de su linaje imperial, la gran mayoría guardaba fidelidad al Emperador de turno, al cual consideraban casi como una deidad. Dos clanes de guerreros predominaban sobre los demás, el clan Minamoto (Genji, leído en chino) y el clan Taira (Heike). Aunque los dos clanes poseían territorios a lo largo de la isla principal, ramificaciones dentro del mismo clan habían creado territorios a los cuales llamar el hogar del clan, mientras los Genji lo tenían en la región de Kanto, en especial en la actual Kamakura, los Heike lo tenían en la península de Ise, no muy lejos de la capital. Por tanto, mientras los Heike podían presumir de cierto poder político al encontrarse cerca del núcleo de influencia, los Genji se veían alejados de éste. Bajo este telón de fondo empieza el Hogen Monogatari.

Escena con varios guerreros montados a caballo luchando a la entrada de un palacio
Rebelión de Hogen
Esta obra literaria, primera de tres, explica como la capital se encuentra dividida entre una lucha de poder por la sucesión al trono, el Emperador-monje Toba había abdicado en favor de su hijo mayor Sutoku, sin embargo, éste cuando hizo lo mismo en favor de su hermanastro menor Konoe, de tan solo tres años, su padre aún mantenía el cargo de Emperador-monje. Por aquella época, principios del S.XII, los emperadores habían encontrado una manera de no seguir viéndose influenciados por los Fujiwara, como había pasado en casi todo el período Heian. La manera era que al abdicar para sumergirse en el budismo, abandonaban la capital y se trasladaban a templos donde seguían las consiguientes enseñanzas religiosas, desde ahí lejos de los Fujiwara pero suficientemente cerca de los centros de acción, el Emperador retirado seguía manteniendo el poder, en temas como los de sucesión. Sutoku ansiaba la muerte de su padre para ocupar su cargo y hacer abdicar a su hermanastro Konoe en favor de su hijo. Sin embargo, Konoe muere joven, antes que pudiese abdicar, y la sucesión es disputada entre Go-Shirakawa, otro hermanastro de Sutoku, y el hijo de este último. Toba, el Emperador-monje, decide que el sucesor debe ser Go-Shirakawa, y esto hace enfurecer a Sutoku, que ve como su linaje se aleja de la línea sucesoria. Es entonces cuando comienza a buscar alianzas entre los clanes de guerreros, sobre todo entre los más poderosos, los Minamoto y los Taira, sin embargo dentro de estos mismos clanes se crean facciones diferenciadas que apoyan por una parte a Go-Shirakawa y por otra parte a Sutoku. Lo mismo sucede con el clan Fujiwara, que divide sus apoyos entre los dos hermanos. En 1156, un año después del nombramiento de Go-Shirakawa como Emperador, su padre Toba muere, y es entonces cuando comienzan las hostilidades entre los dos bandos, a este período de lucha se le conocerá como la rebelión de Hogen. Aunque el período Heian todavía esta vigente, ya se puede observar como se va acercando a su fin, la que había sido una era de paz de casi cuatro siglos de duración dejaba paso a un nuevo horizonte regido por la violencia e influencia guerrera.
Casi un mes después del comienzo de la rebelión el conflicto acaba con el triunfo del bando del Emperador Go-Shirakawa, y tomándose represalias con los líderes del bando perdedor. Sutoku es capturado y exiliado lejos de la capital, a la isla de Shikoku donde muere pocos años después. Fujiwara no Yorinaga, hijo menor del Emperador regente, Fujiwara no Tadazane, durante el imperio de Konoe, muere durante el conflicto bélico. Minamoto no Tameyoshi, líder del clan Minamoto, muere mediante el ritual de suicidio obligado por su propio hijo, Minamoto no Yoshitomo, que había apoyado al bando contrario. Finalmente Taira no Tadamasa, tío del líder del clan Taira, Taira no Kiyomori, también es ejecutado obligado por su propio sobrino. Una vez tomadas estas medidas, Go-Shirakawa abdica como Emperador a favor de su hijo Nijo, y se convierte en Emperador-retirado, cosa que le facilita la toma de decisiones sin sufrir las obligaciones y presiones del cargo de Emperador. No será hasta 1169 que tomará los hábitos y se hará Emperador-monje, para como su padre y anteriormente su abuelo seguir decidiendo el destino del Imperio desde su recogimiento religioso. Sin embargo, el panorama ha cambiado, ya no son los Fujiwara los que ejercen la influencia en la capital, sino Kiyomori, jefe de los Taira, que con el paso de los años se va haciendo con más poder dentro de la capital.
La trilogía literaria sobre el final del período Heian enlazado al de los Taira continúa con el siguiente libro, la segunda parte de esta obra de referencia de la literatura japonesa, el Heiji Monogatari, y que explica los acontecimientos que ocurren cuatro años después del fin de la rebelión de Hogen. Go-Shirakawa, antes de abandonar su puesto de Emperador, otorga títulos y reparte beneficios entre los que le apoyaron en el conflicto con su hermanastro mayor. Sin embargo, los Taira que surgen como los más beneficiados despiertan envidias entre sus aliados, los Minamoto, que ansían hacerse con más poder. Los Fujiwara también se sentían ofendidos, dado que aunque aún conservaban puestos más importantes que los Taira, ven como este clan de guerreros, sin ninguna preparación académica ni gusto por el arte y la literatura, igualan a miembros del clan Fujiwara en ciertos rangos sociales dentro de la capital. Entre ellos destaca Fujiwara no Nobuyori, que ve en los Taira un peligro en sus futuras aspiraciones tras ver como el cargo de Consejero Menor había sido otorgado a su rival Fujiwara no Michinori. Nobuyori que provenía de una de las cinco familias de Fujiwara con linaje de Emperador regente entendía que ese puesto hubiese tenido que ser para él, dado que estaba en mejor predisposición familiar que Michinori, sin embargo, según se explica, los favores secretos que ejercía la mujer de Michinori y enfermera del Emperador-retirado, hacia éste, parecía que habían tenido que ver en la ascensión de su marido a un puesto tan alto. En el período Heian existían diferentes puestos en la administración imperial, que como he explicado anteriormente ocupaban principalmente miembros del clan Fujiwara, el primero de todos era el de Emperador regente, pero debido al poder que habían conseguido los emperadores-monje o los emperadores-retirados, esta posición, junto a la de Canciller Imperial, ya no tenía una importancia tan destacada como en el pasado. Luego venía los cargos de Gran Ministro, Ministro de la Izquierda, Ministro de la Derecha y Ministro del Centro, el siguiente rango estaba formado por los consejeros, Consejeros Mayores, Consejeros Medios y Consejeros Menores, luego venían el resto de rangos, entre los cuales se podían destacar cargos como los de Consejeros Asistentes, o por ejemplo los de Capitanes de la Guardia Imperial de la Izquierda y de la Derecha.

Secuestro del Emperador-retirado Go-Shirakawa por parte de Nobuyori en la rebelión de Heiji
Secuestro del Emperador-retirado Go-Shirakawa en la rebelión de Heiji
A finales del 1159, aprovechando que Kiyomori y sus hombres comenzaban un largo peregrinaje por la gran península de Kii, las tropas de Yoshitomo y Nobuyori, lanzan un ataque nocturno y por sorpresa sobre la ciudad capital, primero se hacen con el Emperador-retirado, Go-Shirakawa, y después van en busca del joven Emperador Nijo, refugiado en el palacio de Sanjo, haciéndolo arder para obligar al joven a entregarse. Después de acabar con parte de su escolta, van a la casa del Consejero Menor, Michinori, lo capturan, matan a todo su séquito, y finalmente acaban con él. Una vez tienen como rehenes al Emperador y a su padre, Nobuyori les obliga a que le otorguen el puesto de Gran Ministro. Mientras tanto, Kiyomori es informado de lo acontecido en Kioto durante su peregrinaje por la península de Kii, como la mayor parte de sus tropas se encuentran en Ise, dentro de la misma península, junto a su hijo Shigemori, se hacen con un gran ejército y se dirigen hacia la capital. Yoshitomo sabe que tarde o temprano Kiyomori volverá, pero tiene las tropas justas para defender la ciudad, aproximadamente medio millar, el grosor del ejército Minamoto se encontraba en Kamakura, muy lejos de la capital, y aun si les podía avisar no llegarían antes que Kiyomori. A los pocos días el ejército de Kiyomori llega, estudian la situación y deciden primero de todo, rescatar al Emperador y a su padre. Envían soldados disfrazados de mujer para que lleguen donde los tienen capturados y sacarlos de la ciudad. Cosa que consiguen lograr tras llegar hasta lo que quedaba del palacio de Sanjo, son rescatados y llevados al templo de Ninnna-ji, en las afueras de la ciudad. Una vez padre e hijo estaban a salvo, Kiyomori inició el asalto a la ciudad, con el beneplácito de Go-Shirakawa. La mayor parte de las fuerzas de Minamoto son aniquiladas, y el traidor Nobuyori ejecutado. Yoshitomo consigue huir, sólo para morir a manos de uno de sus hombres de camino a Kamakura. Debido a que durante el ataque nocturno a la ciudad imperial habían quemado un templo budista, los monjes guerreros que habitaban el monte Hiei atacaron a los fugitivos mientras les maldecían, esto pudo provocar que ante el temor de represalias sobrenaturales, los hombres de Yoshitomo le traicionaran. Sin embargo, esto no impidió que Kiyomori ordenase la búsqueda y ejecución de todos los hijos mayores de Yoshitomo. Sólo se salvaron los que tenían una corta edad, entre los que destacaban Yoritomo y Yoshitsune. Yoritomo, de unos trece años de edad cuando mataron a su padre, fue exiliado a la provincia de Izu, dominada por el clan Hojo, donde vivió vigilado por los Taira. Mientras Yoshitsune un niño de corta edad, se quedó a vivir con su madre en Kioto, hasta que fue enviado al templo budista de Kurama, al norte de la ciudad para que se convirtiese en monje, cosa que finalmente no sucedió. La historia de Yoshitsune es una de las más conocidas del Japón, siendo aún uno de los personajes más famosos de la cultura popular japonesa. El Gikeiki es la obra literaria de referencia para saber que sucede con Yoshitsune tras el derrocamiento de los Taira, un libro que mezcla aventuras del joven Minamoto con su fiel compañero, el monje guerrero Benkei, y también gran dosis de drama, debido a la angustia que sufre el personaje al no poder entender las ansias de su hermano por verle muerto.
Sin embargo, es con Yoritomo con quiero acabar este post, Kiyomori, líder Taira, tomó varias decisiones con respecto a Yoritomo que acabaron por condenar a todo su clan. Primero de todo, en un acto de compasión dejó con vida a los hijos pequeños de su mayor rival, se pueden encontrar varios ejemplos en la historia de Japón en los cuales los señores feudales acababan con los hijos varones de un enemigo, los casos más conocidos son cuando los Minamoto lo hicieron con los Taira en la batalla de Dan-no-ura, y los Tokugawa con los Toyotomi en el segundo asedio al castillo de Osaka. En este punto desconozco si en algún momento el Heike Monogatari pudo convertirse en una referencia en este aspecto en posteriores conflictos entre clanes rivales. Por otro lado, exilió a Yoritomo al hogar de los Hojo en la península de Izu, no muy lejos de los dominios de los Minamoto. Aunque Yoritomo estaba vigilado constantemente, era probable que al tener tan cerca el territorio de su clan, al cabo de los años pudiese llegar a contactar con ellos y hacerse fuerte. Enlazando con este dato, otra decisión que pudo condenar a su clan fue alejarlo de la capital, Kiyomori no debía conocer el refrán “Mantén cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos”, por mucho que Yoritomo estuviese vigilado por guardias Taira, tarde o temprano, alejado del control de la capital acabaría teniendo cierta independencia de acción, como sucediera con los daimyos de Choshu y Satsuma durante los inicios de la restauración Meiji. Cuando el momento del alzamiento llegase la capacidad de reacción del enemigo estaría limitada bajo el efecto sorpresa. Otro detalle a destacar sería la habilidad del clan Hojo por apostar por los Minamoto y su astucia para aprovecharse por completo de la situación. Es cierto que los progresos de Yoritomo eran desconocidos para los Taira, pero no para los Hojo, después de que Yoritomo hubiese convencido a los Hojo para que le apoyasen en su cruzada contra los Taira, y sumado a una petición expresa del Emperador-monje Go-Shirakawa para realizarlo, los Hojo ayudaron en gran medida a los Minamoto. Sin embargo, cuando estos hubieron triunfado, lo mismo que sucedió con los Fujiwara y los Emperadores, sucedió con los Hojo y los Minamoto. Por mucho que el clan Minamoto iniciase la saga de los Shoguns fundando el primer Shogunato, fueron los Hojo quienes finalmente salieron triunfadores y quienes en realidad dominaron el país durante todo el período Kamakura. Su habilidad a la hora de controlar el tema de las sucesiones, heredada del período Heian, convirtió a este clan en la principal referencia a la hora de remitirnos al cambio que hubo entre los guerreros del pasado y los venideros.
Por último, el dato que menos responsabilidad tiene Kiyomori tiene que ver con el carácter del Yoritomo, poco podía saber, que aquel niño pequeño de tan solo trece años de edad pudiese tener tal determinación para la venganza, una enfermiza voluntad que se llevó por delante también a parte de su propia familia.

Emblema del clan Taira que tiene forma de mariposa
Emblema del clan Taira
Nunca se podrá saber si los Taira hubiesen sido aniquilados sin la participación de los Minamoto, la  avaricia de la que hicieron alarde y la falta de respeto que demostraron hacia la figura del Emperador, o mismamente hacia los estamentos religiosos, en especial los budistas, hizo que se ganasen enemigos en muchos lugares del país, y al igual que sucediera con Oda Nobunaga, fuesen considerados como personajes ejemplificadores por muchas escuelas budistas. No es extraño, que durante siglos se propagasen por vía oral o escrita referencias con trasfondo religioso sobre el fin de los Taira, poniendo al clan de Kiyomori como culpables de su propio destino, siéndoles infligido un castigo divino por vulnerar las máximas del budismo, y el Heike Monogatari, del cual hablaré próximamente, fue una de estas referencias.

miércoles, 18 de abril de 2012

De Hakone a Odawara

La mañana siguiente de nuestra estancia en el ryokan de Hakone comenzó con la visita de rigor a los onsens. Nos enfundamos en los yukatas, nos ajustamos los obis y cogimos nuestros respectivos neceseres para ir dirección a la sala de las aguas termales. Con más parsimonia que el día anterior disfrutamos de cada momento de nuestro tiempo allí, imbuidos más en la reflexión que en la conversación, con la complicidad de los demás bañistas mantuvimos el silencio mientras seguíamos el mismo ritual del día previo, primero enjabonado y lavado, luego visita al furo interior y por último acabar en la joya de la corona, el rotenburo, el furo exterior. Sin duda, ese era el mejor momento de todos, el espectáculo visual que nos brindaba ese onsen era algo inolvidable, disfrutar de la naturaleza que nos rodeaba, aderezada de una decoración exquisita, mientras lo contemplábamos todo desde esas aguas termales era algo magnífico. Sin embargo, el saber que habíamos de marchar esa misma mañana me imbuía también en una sensación de tristeza, un sentimiento que intentaba dejar de lado para disponer de los cinco sentidos a la hora de gozar de ese momento.
Finalmente decidimos salir muy a nuestro pesar, el tiempo dentro de un onsen es limitado, una estancia demasiado larga puede contribuir fácilmente a mareos o a dolores de cabeza. Cuando nos disponíamos a recoger nuestras pertenencias en la antesala, un señor bastante mayor un poco mareado cogió por error el yukata de mi amigo japonés, tuvo que explicarle amablemente que se había equivocado, cosa por otra parte normal, todos los yukatas eran iguales, diferenciándose sólo en el tamaño, por tanto si uno salía un poco mareado de los onsens era normal que uno no recordase en que cesta concreta lo había dejado. Esto es habitual en la mayoría de onsens, salvo en aquellos que en vez de cestas para dejar las pertenencias utilizan taquillas como las de cualquier gimnasio. El hombre se sentó confundido y comenzó a hablar, así prosiguió hasta que llegó una de las encargadas a interesarse por él, hablaba y hablaba sin parar, daba la sensación que había pasado demasiado tiempo en las aguas termales.
Al llegar a nuestra habitación, pusimos la televisión y comenzamos a ver los programas de la mañana. Como sucedió la noche anterior, una de las encargadas vino a consultarnos si queríamos desayunar, y en cuanto le dimos una respuesta positiva, como había pasado en la hora de la cena, vinieron a ponernos la mesa y los diferentes platos con la misma minuciosidad y esmero del día anterior. La mesa llena de diferentes platos presentaba un aspecto espléndido, y aunque la comida era más ligera que la noche anterior, todo resultó estar delicioso.
Después de que se hubiesen llevado platos y mesa, ya sólo nos quedaba vestirnos de nuevo para abandonar aquel gran lugar. Dejamos todo limpio y ordenado como lo encontramos, recogimos todas nuestras pertenencias y después de las pertinentes gestiones, partimos hacia nuestro próximo destino.

Funicular de la Tetsudosen que va desde Gora hasta Sounzan
Funicular de Hakone
De regreso en la estación de Nakagora, cogimos el siguiente funicular con destino la parada de Sounzan, última estación de la línea del funicular tetsudosen, dado que ésta se compone tan solo de seis paradas, y nosotros salíamos de la cuarta, el trayecto se hizo bastante corto. Al llegar a Sounzan, por unos 1500 yenes nos montamos en el teleférico de Hakone para ir hasta Owakudani, a mitad del camino del trayecto total que finaliza en Togendai, tocando con el lago Ashi. Dentro del teleférico teníamos unas vistas increíbles del monte Fuji, con un día soleado y con una visibilidad espléndida pudimos ver y fotografiar la montaña emblema del Japón perfectamente. La figura imponente y majestuosa de la montaña sagrada me hacía dudar incluso que hiciese unos años hubiese podido subir hasta la cima desde sus pies, atravesando su falda de Aokigahara, el famoso mar de árboles. Con este panorama el trayecto en el amplio teleférico se hizo bastante entretenido, llegando a Owakudani más pronto de lo que esperábamos. Allí los tres aprovechamos para hacernos una foto bajo la campana de la felicidad, un lugar ideal para que cualquier turista se quiera hacer una fotografía.

Visión del Monte Fuji desde Owakudani
Monte Fuji desde Owakudani
El olor a azufre proveniente de las aguas termales nos llegaba con fuerza, la temperatura de los onsens de aquel lugar era tan alta que el mínimo acercamiento a esas aguas termales estaba prohibido. Hakone no deja de ser una inmensa formación volcánica, más o menos irregular, compuesta por varios montes y explanadas, que posee cierta actividad volcánica, la cual permite que por todo el complejo volcánico se puedan encontrar termas naturales. Nosotros nos encontrábamos en el conocido como el valle del infierno de Hakone, debido a sus grandes emanaciones de gases y por su fuerte olor a azufre. En este valle volcánico es donde la temperatura de los onsens es más elevada. No dejaría de ser un lugar con cierto interés turístico, sino fuese porque es ahí donde se preparan los famosos Onsen tamago o Kuro tamago (huevos de onsen o huevos negros). Los Kuro tamago son huevos que se dejan hervir dentro de los onsens del valle volcánico, debido a los varios minerales que contiene el agua, sobre todo de hierro, otorgan a la cáscara un color oscuro, negro, de ahí el nombre de Kuro tamago. Aunque no deja de ser un huevo duro, de sabor esta muy bien y un poco peculiar, debido, creo que en parte, a su forma de cocción. Cerca de los onsens donde se preparan los Kuro tamago hay puestos donde te los venden ya en bolsitas con un poco de sal, y según se comenta comerlos comporta vivir 10 años más. Aunque desconozco si hay algún rigor científico en esta leyenda popular, en la que se demuestre, por supuesto no la longevidad, sino lo sanos que pueden llegar a ser estos huevos cocidos en aguas termales, en Okinawa, en el extremo meridional del Japón, donde su gente es famosa por su larga longevidad, hace poco publicaron un artículo en el que decían, que esta longevidad podría darse por el consumo de Kurozu, un vinagre de arroz de color negro, que según parece es bastante saludable, teniendo características anticancerígenas, aunque por lo que he podido leer no es tan bueno para el paladar, teniendo un sabor un poco fuerte. Por tanto aquella vez no fue la última en la que escuche relacionar la palabra Kuro con longevidad.

Bolsa con los kuro tamago
Los famosos Kuro tamago
Volviendo a la excursión, una vez hubimos comido los Kuro tamago, paseado por todo el valle del infierno y hacer una parada en el camino en una tienda turística, donde bebimos algo e hicimos ciertas compras, nos dirigimos hacia Kojiri, a orillas del lago Ashi, mediante un autobús de la compañía Izuhakone Bus. Al llegar a Kojiri, el imponente lago Ashi nos daba la bienvenida. Este lago se formó sobre la misma caldera de la formación volcánica de Hakone, al ser un volcán irregular no existía cráter alguno, sino una caldera de donde era expulsado el magma. Tras extinguirse la actividad volcánica, sobre la inmensa caldera, con el transcurso de los años, se creó el gran lago Ashi, con lo cual podría ser también denominado como un onsen gigantesco.
Encontrándonos en ese punto, pudimos deleitarnos con el magnífico paisaje que nos ofrecía el lugar, el gran lago rodeado de montañas verdosas, resultaba un emplazamiento perfecto para un día de picnic. En mitad del lago surcaban dos barcos, parecían dos galeones del S.XVII aderezados con ciertos toques de modernidad, ondeando la bandera de Japón llevaban a los turistas para que contemplasen todo el esplendor que les ofrecía el lago Ashi. Dado que el puerto de embarque nos caía bastante lejos de nuestra posición y desconocíamos la duración de cada trayecto, optamos por montarnos en unas barcas en forma de cisne que teníamos al lado. Las barcas funcionaban a pedales, cosa que al contrario de lo que pueda parecer, resultó bastante divertido, las carcajadas no se diluyeron hasta encontrarnos en mitad del lago y aprovechar para hacer las oportunas fotografías de rigor.
Al volver a tierra firme, ya un poco cansados, decidimos coger uno de los autobuses de la Hakone Tozan Bus, en este caso la línea T, la Togendai line, que nos llevaba desde Kojiri hasta Odawara. Después de un largo viaje que aprovechamos para descansar y reponer fuerzas, llegamos a Odawara, nada más salir del autobús, nos encaminamos hacia un restaurante de tendón, que no es más que un bol de arroz con tempura de langostino por encima. Aunque en Japón uno puedo encontrarse restaurantes como los de aquí, también es bastante común que nos topemos con restaurantes que se centran en una sola especialidad, de esta forma es habitual poder encontrarse restaurantes que sólo sirven platos por ejemplo de ramen, de sushi, o platos con base de arroz, nosotros en aquella ocasión fuimos a uno de estos últimos, en que dentro de su variedad de arroces la especialidad era el tendón.

Castillo de Odawara
Castillo de Odawara
Tras comer el que fue sin duda el mejor plato de tendón que he probado nunca, nos dirigimos hacia el castillo de Odawara, fortaleza del período Muromachi que vivió su máximo esplendor durante la era Sengoku, cuando perteneció al clan Hojo. Durante aquella época el clan tuvo como rivales a míticos Daimyos (señores feudales) como Shingen Takeda, Kenshin Uesugi o el mismo Oda Nobunaga. La visita al castillo fue bastante entretenida, aunque había sufrido reformas, todo mantenía el espíritu ancestral, el crujir de la madera al andar, los pasillos estrechos y oscuros, las escaleras empinadas, y por supuesto objetos típicos de aquella época expuestos a lo largo del recorrido. Finalmente todo concluía en un pasillo rectangular donde habían las fotografías colgadas de todos los castillos del Japón que quedaban en pie.
Al salir del castillo nos topamos con un puesto donde por un módico precio podías equiparte con armaduras de samurai, cosa que ni por asomo dudamos en no hacer. Disfrazados de samurai, con el emblema del clan Hojo en el pecho, y las katanas desenvainadas, comenzamos a simular ser fieros guerreros del período Sengoku. Tras una sesión de fotos improvisada por parte de varias personas que se encontraban en aquel parque a los pies del castillo, devolvimos las armaduras y pusimos rumbo a la estación de tren de Odawara, desde donde cogimos la Odakyu line para poner rumbo a Tokio, dando por finalizada la larga excursión de aquel fin de semana.

jueves, 23 de julio de 2009

Hakone - Ryokans

Uno de los enclaves más turísticos de Japón se sitúa no muy lejos de Tokio, en la prefectura de Kanagawa junto a la frontera con Shizuoka, podemos encontrar un auténtico paraíso para los amantes de los onsens o para los que desean escaparse de la gran ciudad y gozar de unos días de regocijo, entretenimiento y descanso con la familia o amigos. El nombre de este espléndido lugar es Hakone.
Cuando tuve la oportunidad de ir hasta ahí con unos buenos amigos japoneses, sin hallarme afortunadamente en el periplo de perder un avión, parar un tren o atravesar un frondoso bosque en la penumbra de la noche, tuve la ocasión de utilizar transportes mucho menos comunes que permiten realizar la excursión con facilidad, presteza y comodidad. No obstante, como casi todo viaje que tenga lugar en la región de Kanto, el primer paso nos lleva a Tokio, en este caso a la estación de tren de Shinjuku.
Tokio posee uno de los servicios ferroviarios más completos y modernos del mundo, dispone de líneas de tren o JR, líneas de metro y líneas privadas para recorrer la ciudad y prefecturas de alrededores. Pero este servicio tiene un precio muy alto, sobre todo el de la JR, y pocos pueden aprovechar todas las ventajas que supone todas las veces que desearían. Para los que hayan tenido la oportunidad de ir allí alguna vez conocerán la comodidad que supone usar las líneas de la JR con el Japan Rail Pass, viajes gratis sin límite. No obstante para los Tokiotas que no poseen este privilegio, accesible solo para los turistas extranjeros, les es mucho mejor utilizar el metro, más barato que la JR y con mejores horarios, o las líneas privadas que cubran destinos más allá de la gran urbe de la capital. Es justamente gracias a una de estas líneas que se puede emprender el trayecto hasta Hakone.
En la estación de Shinjuku comienza la línea privada llamada Odakyu line, la cual tiene como otros destinos Enoshima, Odawara y Hakone. Como casi siempre sucede en estos tipos de trayectos largos hay trenes más rápidos que otros, saltándose ciertas paradas acortando el tiempo de viaje y aumentando el precio del billete.
Una vez estuvimos en los andenes de la Odakyu line, cogimos un tren express que nos llevaba a la estación de Odawara, una de las paradas finales de la línea. El trayecto aunque largo fue bastante ameno gracias en parte a las conversaciones que tuvimos mientras picábamos algo. Cuando llegamos a Odawara hicimos transbordo a otro tren perteneciente a la Hakone Tozan Line, o comúnmente llamada Totsudosen y que pertenece a la misma Odakyu Line, un tren mucho más sencillo pero con cierto encanto que nos llevó hasta la parada final de Gora.
En Gora hicimos una pequeña parada en el camino dado que desde ahí teníamos que coger un funicular que nos llevara hasta nuestro destino, pero como teníamos tiempo hasta la salida del siguiente trayecto, decidimos hacer un poco de turismo por la zona. Era el mes de febrero y a esa altura el frío y la niebla se hacían más que evidentes, no muy lejos de la parada de tren había un pequeño puesto donde vendían amazake caliente, éste es un brebaje con base de arroz fermentado que por lo general no lleva alcohol y que tiene un sabor un poco dulce. Justamente la noche anterior había podido disfrutar de un nomihodai con otros amigos japoneses en Shibuya, los nomihodais son como buffets libres de bebida, durante una o más horas uno puede beber lo que quiera a un precio fijo, esa noche estuve bebiendo cervezas, hoppis (cerveza con sochu), whisky y atsukan (sake caliente) hasta acabar como una cuba, por eso en el momento en que escuche la palabra amazake el dolor de cabeza causado por la resaca de la noche anterior me volvió con fuerza, pero al explicarme que no llevaba alcohol opté por probarlo. La verdad es que estaba bastante bien, tenía un sabor suave y exquisito, me calentó el cuerpo y tuvo una reacción bastante positiva sobre el estómago que aún sufría de la noche anterior.
Al cabo de un rato, nos dirigimos hacia el funicular y compramos los billetes pertinentes, porque aunque esta línea especial del funicular pertenece a la Tetsudosen hay que pagar un billete aparte que no cuesta más de 240 yenes. El trayecto aunque fue bastante corto no por ello fue menos interesante, la gente tanto desde dentro como desde fuera no paraban de hacer fotos del tren de montaña en funcionamiento. En seguida llegamos a nuestra parada, la estación de Nakagora, desde allí hasta nuestro ryokan donde nos íbamos a hospedar no habían más de 5 minutos andando, cosa que resultó ser bastante cómodo.
El ryokan tenía el aspecto de muchos otros, es decir una especie de hotel mansión de estilo japonés, aunque también se pueden encontrar ryokans con apariencia de casa de la montaña europea. Dentro la decoración sobria y elegante predominaba, provocando una sensación desde el principio de descanso y serenidad. Después de dar nuestras referencias en el mostrador nos guiaron hasta nuestra habitación, por el camino pude ver un inmenso comedor karaoke, donde seguramente los huéspedes se reunirían para pasar unas noches amenas con buena comida y bebida mientras aprovechaban la oportunidad para demostrar sus dotes con la canción. Al llegar a la habitación vimos que era totalmente estilo japonesa, bastante grande, bien iluminada por grandes ventanales de madera, suelo de tatami, un pequeño tokonoma desde donde colgaba un kakemono, sobre el washitsu un ikebana más un teléfono, al lado un armario de puertas correderas y enfrente, más a la izquierda un pequeño espacio tras unas puertas deslizantes de estilo japonés, desde el cual sentado desde una de las dos butacas que flanqueaban el lugar se podía disfrutar del espléndido paisaje de la zona. No faltaban otras prestaciones como televisión, aire acondicionado y lavabo. Sin embargo, un detalle que me llamó bastante la atención fue que habían tres yukatas típicos de ryokans preparados para nosotros.
Después de una ligera conversación con una de las encargadas, que no iba más allá de querer saber si queríamos comer antes o después de una visita a los onsens, y de destacar que era el primer español que tenían en el ryokan, nos preparamos para ir a disfrutar de los onsens enfundados en nuestros yukatas.
En la antesala de los onsens habían varias cestas bordadas con tiras de madera donde poder dejar la ropa y pertenencias, para así pertrecho de una toallita y utensilios de higiene personal entrar en la sala de los onsens.
La sala era bastante grande, dominaba la tonalidad azul mezclada con los típicos vapores que emergen de estas aguas termales naturales, habían sólo dos personas en la sala, y las dos dentro del onsen, sin embargo en seguida pude ver que tras las mamparas de cristal empañadas por la condensación de la humedad se podía vislumbrar un recinto exterior donde se hallaba un rotenburo, un onsen al aire libre, enfrente nuestro, al otro lado del recinto, había una puerta de cristal que daba a él. Allá se encontraba otro hombre disfrutando de la mejor combinación que te puede otorgar este tipo de recintos, relajación y gozo del paisaje. Normalmente, la decoración en este tipo de lugares cumplen con el estilo zen, con lo cual todo está preparado para transmitir paz y tranquilidad.
Una vez nos hubimos lavado y hubimos disfrutado de unos minutos en el onsen interior, nos dirigimos hasta el rotenburo, desde donde pudimos ver ya anochecer mientras una sensación de sosiego y serenidad nos iba consumiendo. Aunque pueda parecer extraño, la estancia en un rotenburo en pleno invierno no comporta ningún tipo de incomodidad, el agua esta suficiente caliente para que la sensación de frío no se haga notar, y que su presencia sea imperceptible incluso al salir del agua.
Después de pasar un tiempo de relajación absoluta decidimos salir y volver a nuestra habitación, nos pusimos los yukatas y salimos de la antesala del onsen cuando ya no quedaba nadie y éramos los últimos del lugar. Al llegar a nuestra habitación, nos estaba esperando ahí nuestra compañera, que había ido al onsen femenino, y que como nosotros estaba totalmente relajada. Mientras estábamos viendo la televisión, una de las encargadas llegó para comentarnos muy educadamente si queríamos comer ya, y por supuesto dijimos que sí. Inmediatamente entró un hombre provisto de una mesa que puso minuciosamente en el centro de la habitación, después otros empleados ordenadamente llegaron surtidos de todo tipo de comida japonesa de lo más tradicional, para finalmente tener la mesa completamente llena de deliciosos manjares, una escena digna de reyes. Aunque por regla general en Japón al cliente se le trata exquisitamente bien, en pocos sitios como en algunos ryokans los clientes son tratados como auténticas deidades. La comida constaba de tempura, yakimono (carne a la plancha), sashimi, tsukemono (comida encurtida y cortada en trozos pequeños) y suimono (bol de sopa normalmente sin fideos), destacando por encima de todo el plato de nabemono llamado shabushabu, lonchas de carne cortadas muy finamente que se introducen en agua caliente en un corto período de tiempo antes de comerlas, en nuestro caso con dos pasadas que le diéramos a la carne en los recipientes de agua muy caliente que teníamos en la mesa, y que mantenían la calor gracias a unas velas que tenían debajo, era suficiente para que estuviese realmente deliciosa. Con este panorama disfrutamos de una exquisita cena y de una agradable conversación que aún perdura vivamente en mi memoria. Tras terminar de cenar, de la misma manera ordenada, educada y minuciosa con la que nos habían traído la comida, recogieron todo. Antes de dormir, estuvimos viendo un poco la televisión, estaban emitiendo un programa donde explicaban las dificultades que tenían los vecinos para quitar la nieve del tejado y entradas de sus casas en la ciudad de Niigata, en la prefectura del mismo nombre, en la parte más al noroeste de la región de Chubu.
No paso mucho tiempo antes que sacáramos nuestros respectivos futones y nos pusieramos a dormir plácidamente.

martes, 14 de julio de 2009

Onsens


Los onsen, los famosos baños termales japoneses, son otro de los símbolos del Japón. Son lugares de descanso y reposo que suelen usar muchos japoneses cuando encuentran un par de días libres para poder disfrutarlos cómodamente. Se pueden encontrar a lo largo de todo el país, habiendo prefecturas más famosas que otras en lo referente a la calidad de sus onsens, y por supuesto pueden haber de diferentes tipos, a veces no es extrañó confundir un sento o baño público, con un onsen, dado el diseño y accesibilidad de este último. Por otro lado, al igual que en los sento, los onsen tienen ciertas normas de conducta, como por ejemplo tener que lavarse antes de entrar en la bañera o furo, entrar solamente acompañado de una toallita preparada para la ocasión, toalla que por cierto no se ha meter en el agua ni procurar que caiga en ella, y por supuesto tampoco hay que  ponerse a salpicar ni molestar a los demás, al fin y al cabo es un lugar para relajarse. Claro esta que en algunos onsen estas normas pueden variar, como en aquellos donde se pueden entrar en bañador, cosa que por otro lado hace perder la esencia del lugar. Estos contados lugares suelen ser konyoku onsens, es decir mixtos donde pueden compartir el mismo espacio o furo hombres y mujeres, cosa que no significa que los otros onsen no puedan ser también del estilo konyoku, sin embargo, en estos emplazamientos el respeto y la decencia suelen ser bastante importantes.


Mi primera experiencia con los onsens fue en mi primer viaje a Japón, donde pude disfrutar, si se puede decir así, de estos excepcionales lugares. En la ciudad de Beppu, en la prefectura de Oita, se encuentran unos de los más famosos onsens de todo el país. En la zona de kannawa, dentro de la misma Beppu, se puede ver el por qué. Nada más llegar el olor a azufre, proveniente de los mismos gases de las aguas termales, te dan la bienvenida. Este olor a io, azufre en japonés, es conocido por todo el país, dándole una fama extra al lugar. No es de extrañar entonces que la zona este llena de ryokans donde los huéspedes pueden gozar de un plácido descanso en sus aguas termales.
Fue en uno de estos ryokans donde nosotros, los 4 de Saitama, llegamos desde Tokyo. Aunque el alojamiento era de lo más tradicional y acogedor no era ni mucho menos el que esperábamos después de ver las fotos que nos habían mostrado en su web, por lo menos para uno de mis compañero y para mi. De todas formas el trato fue de lo más exquisito, sobretodo para uno de nosotros.


Por lo que se refiere a sus onsens en sí, eran interiores, similares a ofuros hogareños, y tenían también konyokus. Con lo cual la experiencia podría haber sido aún más chocante, no obstante ni tuvimos esa suerte ni esperábamos que el agua iba a estar tan caliente. De todos los onsens donde he estado ninguno ha estado a tan alta temperatura como estos de aquí. Más que onsens parecían koonsens, denominados así cuando superan los 42º de temperatura. Son en estos tipos de aguas termales donde se tiene que tener más cuidado con el tiempo que se pasa en ellas, ya que será más fácil y más rápido que una persona acabe mareada, sino anda con cuidado. En todos los onsens hay panfletos que recomiendan no estar mucho en el agua por el riesgo de sufrir de yuatari, como se conoce al mareo que le da a uno por estar demasiado tiempo seguido en las aguas termales. Sin embargo este tipo de mareos le pueden entrar a uno también si introduce la cabeza en el agua, cosa que me sucedió a mi, y que me impidió poder disfrutar con vitalidad de mi estancia en Beppu.

lunes, 29 de junio de 2009

Fuji

En mi primer viaje a Japón, ya hace unos cuantos añitos, conseguí realizar uno de los objetivos que todos los visitantes a aquel país tienen en mente hacer pero que solo unos pocos consiguen realizar. La escalada a la montaña emblemática del Japón, el monte Fuji.
Para ser sinceros, la subida al Fujiyama aun siendo un objetivo ya planeado, no era una meta esencial dentro de nuestro planning, por tanto dependiendo de las circunstancias podíamos sacrificar la ascensión. Para decir más, solo había una persona dentro del grupo decidida de todas todas a subir el Fuji. Sin embargo, como pronto explicaré, fue él uno de los que finalmente no pudo subirlo. Pero antes una pequeña explicación de la montaña más mítica del Japón:

Vista del monte Fuji y su reflejo sobre uno de los lagos cercanos

Esta legendaria montaña símbolo del país, de la que dicen que tiene el nombre de la deidad del fuego Ainu, ha sido venerada y admirada durante siglos, encontrando referencias en textos tan antiguos como "El cortador de Bambú", una de las obras cumbre de la literatura japonesa. Pero ni en su cima se haya el elixir de la vida ni se creó en un día como explican otros escritos de la época. La montaña sagrada en realidad es un volcán extinto desde 1707 que se sitúa entre las prefecturas de Shizuoka y Yamanashi, pero pudiéndose ver también desde Tokyo, Chiba, Kanagawa o incluso desde Saitama. Rodeado por 5 lagos, es típico que se hagan rutas para contemplarlo desde ellos mientras se disfruta de la naturaleza de los alrededores.
Por lo que se refiere a la subida en sí, se puede realizar durante los meses de julio y agosto, aunque en algunas rutas se puede alargar algunos días de septiembre. El ascenso se puede hacer por varias rutas ya establecidas como las de Kawaguchiko al norte, la de Subashiri al este y las de Gotenba y Fujinomiya al sur, estas cuatro rutas comienzan desde un correspondiente punto 5, campos bases que se sitúan a una cierta altura de la montaña, y a los cuales se puede acceder con un correspondiente autobús. El punto 5 más elevado es el Fujinomiya que esta a 2400 metros, a tan solo 1376 metros de la cima, mientras que por otro lado el más bajo es el de Gotenba a 1440 metros de altura. Durante estos trayectos de la escalada, se pueden encontrar varios campos bases que van numerados del 6 al 10, siendo este último la cima. No obstante, es normal encontrar varios campos bases o áreas de descanso con el mismo número dando la sensación de una ascensión interminable. Por otro lado, antiguamente la montaña se escalaba entera desde varios caminos, siendo el más conocido el de Yoshida, sendero que luego a más altura confluye con el de Kawaguchiko. De todas formas estas escaladas eran más lentas y tranquilas, pudiendo suponer varios días, por ello prepararon varios estaciones de té donde los escaladores podían descansar y reposar. Sin embargo el problema de estas ascensiones era atravesar el bosque de Aokigahara, situado en la falda del Fuji. El conocido por "mar de árboles" es un bosque donde no es muy difícil perderse, además de tener el riesgo de poder encontrar algún que otro oso por la zona, que aunque normalmente huyen por la presencia humana, no deja de ser un peligro. Pero sin embargo, por lo que se conoce más Aokigahara es por ser uno de los lugares escogidos por la mayoría de japoneses que deciden cometer suicidios colectivos, de esa manera no es raro el día que anuncian haber encontrado restos humanos perdidos en la frondosidad del bosque. Debido a esto, a la falda arbolada del Fuji le rodea un aura de temor y superstición.

Imagen de un mapa con las diferentes rutas para subir el Fuji

Volviendo al viaje en cuestión, de las siete personas que éramos, un grupo de cuatro y otro de tres, solo dos personas habían decidido no subir a la gran montaña de antemano, una por cada grupo. Los demás teníamos la fecha en mente ansiando que llegase, sin embargo el día previo a la ascensión, un percance nos hizo replantearnos la subida. Debido a que nos retrasamos en nuestro regreso de Hiroshima, cuando llegamos a Tokyo ya era demasiado tarde para poder enlazar correctamente las líneas de la JR. Con lo cual solo nos dio tiempo de llegar hasta la estación de Minami Urawa que enlazaba con la Musashino Line la que nos tenía que haber llevado a nuestra estación de Minami Koshigaya, donde teníamos el hotel. De esta forma nuestro grupo de 4 se quedó sin transporte público que nos llevase hasta Koshigaya. Pero como vimos que de Minami Urawa a Minami Koshigaya habían tan solo dos paradas decidimos hacerlas andando, sin embargo durante nuestro trayecto perdimos la referencia de las vías del tren con lo que acabamos haciendo un recorrido mucho más largo de lo que suponíamos.
Después de estar toda la noche caminando, solo dos personas llegamos por fin al hotel cuando ya amanecía, las otras dos se habían quedado en una estación del camino esperando a que se restableciese el servicio ferroviario y desde ahí llegar a la estación de Koshigaya. Es normal que luego de esta paliza las tres personas que tenían pensado subir al Fuji ese mismo día se replanteasen la ascensión. Cuando nos levantamos más allá del mediodía las fuerzas flaqueaban tanto que uno de nosotros decidió no subirlo. Con lo cual solo quedábamos dos con la certeza suficiente para decidir coronar la cima de la montaña.

Mapa de las líneas de la JR de la zona de Kanto

No obstante los problemas no acabaron ahí, uno de los miembros del otro grupo de tres, vino a buscarnos al hotel para ir juntos a donde se había quedado con quien más ganas tenía de ascender el Fuji, era sin duda quien se había informado más de como llegar y como subir el volcán. Pero como nos habíamos levantado muy tarde, entre que poníamos a punto los preparativos y entre que salimos hacia Shinjuku dos horas tarde, cuando llegamos ya no estaba. Estuvimos esperando un tiempo en Studio Alta, lugar habitual donde la gente suele quedar, pero no lo encontramos. Así que supusimos que había decidido irse solo a subir el Fuji, de esta manera, sin guía alguno que nos llevase hasta allí decidimos ir por nuestra cuenta. La aventura ya se presentaba la mar de difícil, habíamos perdido al único de nosotros que sabía como llegar, además de ser el único que dominaba mejor el japonés.
Pero gracias a la ayuda de una ciudadana que hablaba inglés pudimos saber que tren coger para llegar hasta el monte. Debíamos coger la Chuo line hasta la parada final de Otsuki, y desde allí coger la línea especial del Fuji llamada Fujikyu, desde la cual se puede arribar a las estaciones de Kawaguchiko o Fujiyoshida, enclaves importantes para la ascensión o para la contemplación del monte desde uno de sus lagos.
Cuando ya había anochecido llegamos a la estación de Kawaguchiko, encontrándonos con la sorpresa de tener que pagar el trayecto de la Fujikyu, dado que con el JRPass no podíamos pasar gratis, el precio supuso un poco más de 1000 yenes. Pero cuando me disponía a pagar no encontraba mi monedero, así que supuse que me lo había dejado dentro del tren que en ese momento se estaba yendo. Corrí detrás de él por el arcén y las vías hasta que el conductor me vio y paró. Sin embargo dentro del tren no encontré nada, amablemente me disculpé y volví para luego, a través de mis amigos, darme cuenta que me había dejado el monedero, en un descuido, encima del mostrador. Este percance, aparte de ridículo para los tres, nos hizo perder el último autobús que desde la estación de tren nos hubiese conducido hasta el punto 5 de Kawaguchiko desde el cual comenzar la subida. Por lo tanto, después de preguntar a varios transeúntes, llegamos a la conclusión que la travesía al Fuji tocaba a su fin sin haber comenzado siquiera.
Durante esos momentos de desilusión e incertidumbre fuimos a una tienda 24 horas donde comprar algo para picar mientras esperabamos que se nos ocurriese algo para no acabar así la aventura al monte sagrado. Mientras compraba unos onigiris y unas galletas de chocolate se me ocurrió comprar una linterna por si finalmente conseguíamos escalar el Fuji. Habitualmente, la ascensión se realiza desde el punto 5 unas horas antes del amanecer, para una vez llegado a la cima poder contemplar la salida del Sol en todo su esplendor. Por tanto, mi idea era que si conseguíamos llegar hasta el campamento base de Kawaguchiko nos haría falta una linterna. Pero en esos momentos esa idea parecía muy lejana dadas las circunstancias.
Fue entonces cuando mientras estábamos comiendo sentados en un banco se nos acercó un taxista que nos proponía llevarnos al punto 5 a un precio que consideramos demasiado caro, sin embargo, nos propuso otra alternativa, llevarnos hasta un punto situado entre la estación de tren de Kawaguchiko y la estación base o punto 5 de mismo nombre. En el mapa que nos había sacado, la distancia entre el punto señalado y el punto 5 no era muy grande, así que supusimos que podría ser una buena idea, dado que nos ahorrábamos un poco menos de la mitad que con la otra opción y si todo salía bien conseguiríamos hacer cima en el Fuji cuando todo apuntaba a todo lo contrario. Después de acceder a su propuesta nos pusimos en marcha hacia el lugar indicado.
Durante el recorrido tuvimos nuestra primera idea de como era Aokigahara, un gran bosque que a lo largo de la noche no deja ver nada de lo que se haya entre sus entrañas. Supusimos que el trayecto iría más allá del mar de árboles, pero nos equivocamos.
El lugar donde nos dejó el taxista era una explanada en mitad del bosque, donde se alzaba una amenazante y tenebrosa gran torii de piedra, seguida de unos escalones flanqueados por farolillos de piedra que subían hacía un lugar que la oscuridad no nos dejaba ver. En esos momentos para los tres aquel lugar parecía la misma entrada del infierno.
Debatimos entre nosotros si pagar más e ir al punto 5, o si quedarnos donde estábamos y desde allí mismo comenzar a subir. Finalmente debido a que previamente había comprado la linterna fuimos 2 contra 1 en quedarnos y ascender. Sin embargo la luz de la linterna no iluminaba tanto cuando las luces del taxi se apagaron. Aún así, decidimos comenzar la ascensión.
Donde el taxi nos había dejado no había pendiente alguna, era a partir de la torii que comenzaba la verdadera subida a la montaña, en los mismos pies del Fuji. Si la montaña se dividia en varios puntos del 5 al 10 nosotros nos encontrabamos en aquel momento en lo que denominamos el punto 0.
El lugar donde nos encontrabamos era uno de los puntos en la ruta de Yoshida, una ruta que recorre parte del bosque y casi toda la montaña, aunque debido a su desuso no es muy frecuentado, salvo para aquellos que quieran hacer de la subida un mini-camino de Santiago. Durante el recorrido de esta larga ruta se han avistado osos al amanecer, debido a ello se recomienda a los caminantes que no salgan del sendero, dado que los osos normalmente huyen de la presencia humana, y si en un tal caso alguna persona se topara con alguno se hiciera la muerta. Pero todo esto, en ese entonces lo desconocíamos, solo la posible presencia de osos me perturbaba.
Desde que dejamos los escalones de piedra la ascensión no fue nada fácil, la inclinación de la subida cada vez se hacia más notable, la oscuridad, a pesar de la linterna, no nos dejaba ver correctamente los accidentes del camino, y una tierra bastante húmeda se quedaba pegada en nuestro calzado, provocando que cada paso fuese más difícil que el anterior. Además podíamos ver como desde la lejanía se iba acercando una gran niebla espesa que abarcaba gran parte del mar de árboles, aunque aún estaba lejos no podíamos entretenernos en el camino si no queríamos acabar teniendo problemas de los serios.
Aunque habían varios pequeños senderos que cruzaban el nuestro pude ver que a la derecha de nuestro camino habían clavadas pequeñas estacas pintadas de color rojo, a veces difíciles de ver dado que se encontraban escondidas entre la maleza. Teniéndolas como referencia era poco probable que nos pudiésemos perder o confundir de camino.
Mientras ascendíamos vimos diferentes estaciones de té abandonadas, donde antiguamente los caminantes debían descansar mientras disfrutaban de una buena bebida. De las 4 estaciones que vimos solo la primera parecía estar en pie, todas las demás, cuanto a más altura estuviesen más destrozadas estaban, estando la última completamente derruida.
Después de casi dos horas de subida continuada sin descanso llegamos a una encrucijada donde nuestro camino se dividía en tres, el de la izquierda parecía bajar la montaña, el que teníamos delante se sumergía bajo una gran espesura que ocultaba el sendero antes tan claro, y el de la derecha parecía el más claro de todos, sin embargo para estar seguros, intenté encontrar alguna estaca roja, pero no hallé ninguna. Una furtiva mirada atrás nos hizo tener que decidir prontamente, la niebla que anteriormente habíamos visto en la lejanía, ahora nos pisaba los talones, aquella niebla parecía tan espesa que ya suponía una seria amenaza. Si ya era fácil poder perderse sin ella, con ella lo sería aún mucho más.

Imagen de un bosque de Aokigahara nubloso con aspecto aterrador

Después de decidir ir por el camino de la derecha, comenzamos a acelerar la marcha, para descubrir que el sendero escogido acababa en una explanada rodeada por una densa espesura de árboles que no daba a ninguna otra ruta. En ese momento, comenzamos a replantearnos seriamente si había sido buena idea haber decidido subir por aquel camino. Mientras uno de nosotros optaba por volver a bajar hasta la torii, cosa que ya descartamos debido a que la niebla lo impedía, decidimos volver a la encrucijada y ver que haciamos. Cuando estábamos hablando de ello, la niebla comenzó a asomarse por entre los árboles, así que sin pensarlo dos veces comenzamos a correr con todas nuestras fuerzas hasta el cruce de senderos. Al llegar ahí por un casual vi que una estaca roja asomaba entre una alta maleza, que previamente me había impedido verla desde la posición donde estaba, la estaca indicaba el camino de en medio, un camino que parecía que llevara a ninguna parte. Oscuro, casi sin sendero, con una alta y frondosa maleza, no parecía la mejor elección, pero con la niebla susurrándonos al oído no lo dudamos. Tras recorrer unos cuantos metros nos topamos con lo que parecía un muro, la mirada a izquierda y derecha solo nos indicaba que aquel muro parecía que cortase al bosque por dos, era tan largo como la vista en la oscuridad nos permitía ver. Pero como no podíamos preguntarnos muchas cosas, dadas las prisas, observamos que con ayuda podríamos superarlo, así que después de escalar con esfuerzo el muro vi que me encontraba en mitad de una carretera, desde ella podía ver la plenitud del bosque bañada por aquella niebla blanquecina que le daba un tono aún más tenebroso, ayudé a subir a mis dos compañeros, y por fin con alegría celebramos haber superado el gran obstáculo de Aokigahara.
Una vez volvimos a colocar a nuestras espaldas las mochilas y de haber recorrido unos metros nos topamos con una casa de descanso, donde los escaladores que atravesaban en coche Aokigahara podían descansar y comenzar la subida desde la ruta de Yoshida y no desde la frecuentada Kawaguchiko, la más concurrida de las cuatro que nacen desde un punto 5. Allí pudimos descansar y recuperarnos del cansancio.
Cuando nos levantamos, ya hacía tiempo que había amanecido, con lo cual la idea de poder ver la salida del Sol desde la cima se desvaneció. Aún así el hecho de haber atravesado Aokigahara la noche anterior nos daba fuerzas para hacer cima fuese cuando fuese. Con los ánimos recargados salimos fuera siguiendo el único camino que había para subir, y de esta manera encontrarnos al poco tiempo una señalización que nos indicaba que nos hallábamos en el punto 6.

Imagen de una de las rutas para subir al monte Fuji

A partir de aquí la primera parte de la ruta hacia la cima fue la más accidentada, rocas con la humedad de la mañana formaban el camino, solo habiendo unas cadenas para sujetarse e impedir una posible caída más que dolorosa. Superado este largo obstáculo, la ascensión no se hacía muy complicada. Debido a que durante la ruta nos íbamos encontrando áreas de descanso donde descansar, comer o comprar desde palos de escalada a oxígeno, se hacía mucho más agradable que la ardua subida por el mar de árboles.
Sin embargo, mientras subíamos más y más comenzamos a notar el mal de alturas. Primero con la sensación de falta de aire, cada paso suponía un esfuerzo descomunal, era desalentador, ver que aun habiendo subido un largo trayecto todavía no podíamos vislumbrar la cima. Después el mal de alturas comenzó a transformarse en nauseas, que mientras se fuese picando algo se iban aguantando, gracias a unos palillos estilo Mikado, pero que sin embargo no lograban engañar al terrible hambre que tenía. No comía desde la estación de tren de Kawaguchiko, y tan solo fueron un par de onigiris, galletas y alguna bebida con gas. Sin embargo, el mal de alturas se presentó más fuerte en uno de mis dos compañeros, a quien a parte de nauseas los dolores de cabeza le impidieron hacer el ascensó con normalidad. A cada estación de descanso donde parábamos, menos ganas teníamos de hablar, de pensar e incluso de proseguir. Por mucho que descansáramos no había manera de seguir con fuerzas hasta el siguiente punto de reposo. A veces cerrábamos los ojos unos instantes y luego nos dábamos cuenta que durante cinco minutos habíamos estado como estatuas de piedra vivientes de pie en mitad del camino.
Después de superar todas las estaciones de descanso del punto 6 del punto 7 y algunas del punto 8, por fin vimos la cima. Eso nos alegró más de lo que esperábamos, la meta cada vez estaba más cerca. Personalmente pensaba que después de las dos últimas noches, la caminata por Saitama y la travesía por Aokigahara, llegar a la cima era toda una obligación.
Pero antes de pensar en llegar a la cima, preferíamos pensar en llegar a los objetivos previos que nos quedaban, un par de estaciones del punto 8 y la torii emblemática del Fuji que representaba el punto 9.

Imagen de uno de los puntos de descanso que se encuentran a lo largo de la escalada a la cima

Poco a poco las fuerzas iban flaqueando más y más, y una vez dejadas atrás todas las estaciones de descanso, comenzamos a separarnos entre nosotros, uno se quedó muy atrás pareciendo que le iba a resultar imposible proseguir, yo cada paso que daba me era un mundo, un esfuerzo descomunal que no me permitía ir como hubiese deseado, y mi otro compañero parecía más entero y fue ascendiendo poco a poco. Sin embargo, cuando ya había superado el punto 9, el esfuerzo le pudo y estuvo largo rato sentado sin mostrar asomo de poder continuar. Tiempo después llegué hasta él y después de preocuparme por su estado y de gritar interesándome por la del otro, que se encontraba mucho más atrás, continué hacia la cima. Cuanto más cerca estaba más fuerzas me parecían volver, solo deseaba llegar y que todo acabase. Cuando llegué a las escalones que eran la antesala de la cima, eche otro ojo atrás y observé que mi otro compañero ya se había puesto de pie y estaba de nuevo ascendiendo con las fuerzas restablecidas, mientras el otro, al cual le había dejado una chaqueta militar en el casal hotel, debido a que su polo estaba totalmente húmedo del sudor y no tenía recambio alguno, estaba tendido en el suelo, dando una imagen que junto al color de la tierra del Fuji parecía más una escena de un moribundo de guerra, a no ser por toda la gente que pasaba por su lado con ropa deportiva de colores luminosos que se lo quedaban mirando mientras continuaban caminando.
Al poco rato llegué a la cima, donde en unos bancos de madera que habían al lado de una mesa pude descansar por fin. En ese momento no me fijé demasiado en como era la cumbre, para mi lo importante era que había subido hasta ella, que había coronado la montaña sagrada del Japón. Unos momentos después, llegó mi otro compañero que después de sentarse en el mismo banco se puso a descansar. Pero el hambre no nos dejó disfrutar demasiado de nuestro merecido descanso, delante nuestro se alzaba un restaurante de ramen, de donde provenía un olorcito que no hacía más que despertar nuestras ansias de comer. Entramos y pedimos unos buenos boles de ramen junto a un par de bebidas de CC Lemon, para nosotros ese fue el mejor ramen que habíamos comido en nuestras vidas, desde entonces no he vuelto a probar uno tan delicioso como ese. Al salir del restaurante, vimos que nuestro otro compañero había llegado y se había puesto a descansar tirado sobre la mesa de madera, cosa que nos hizo reir a los dos.
Las carcajadas dejaron paso, a un interés renovado por inspeccionar la cima de la montaña, una cima mezcla de colores entre grises, marrones y verdes fuertes, después con la cámara de fotos, llegué hasta la boca del volcán, profunda y dormida hasta quien sabe si para la eternidad. A lo lejos había un pequeño santuario en honor a Sengen la diosa del Fuji, pero como estaba demasiado lejos y las fuerzas aún no daban para tanto, decidimos no ir.

Imagen del cráter del monte Fuji

Desde la cima podíamos contemplar aquel espectáculo que nos proporcionaba aquella privilegiada altura, después de 9 horas de ascensión desde que salimos de aquel salvador hotel por fin nos hallábamos en el techo de Japón. En ese momento, todos los problemas y contratiempos de los últimos días quedaban atrás para hacer hueco a la inmensa alegría que suponía estar ahí arriba. Pero era momento de dejar los pensamientos atrás y comenzar a bajar, no sabíamos aún como lo haríamos para volver al lugar donde comenzó todo, la estación de tren Kawaguchiko.
Sabíamos que algunas personas aprovechaban algunos caminos de bajada para descender rápidamente usando una tabla de cartón que llevaban para la ocasión, pero nosotros no sabíamos en ese momento que caminos podrían ser. Éstos eran los descensos de Subashiri y Gotemba, y solo durante un trayecto determinado no durante toda la ruta. Aún así seguimos a varios jóvenes que iban con tablas de cartones en la mochila, y que bajaban por un lugar cercano a donde habíamos subido.
La bajaba no resulto ser nada fácil, había demasiada pendiente y sumado a la gran cantidad de piedras que formaban el camino era sencillo resbalar y caer, cosa que sucedió varias veces. Debido a la lentitud de nuestro descenso fuimos perdiendo a los jóvenes que teníamos delante. Más adelante, la niebla hizo acto de presencia, no dejándonos ver adecuadamente el camino, cosa que hizo aún más ralentizar nuestra bajada, aunque comparado con la que nos seguía la noche anterior esta nos la tomamos a broma. Cuando ya llevábamos casi un par de horas de bajada nos encontramos de nuevo con el bosque de Aokigahara, aunque esta vez íbamos por un camino más amplio, acompañado de más escaladores, y por supuesto era de día. Sin embargo, la niebla ahí era mucho más espesa que en la montaña y no te dejaba ver nada que estuviese a más de un metro de uno.
Nos sorprendió no ver a los chicos que llevaban las tablas de cartones, solo los vimos al principio y luego ya no los vimos más. Esto se debió a que los caminos de Subashiri y Kawaguchiko confluyen a unos 800 metros previos a la cima, luego se bifurcan en dos caminos por separado, que necesariamente no han de ser los mismos que los de la subida. Salvo la ruta de Fujinomiya, los demás caminos tienen partes de ascenso y descenso por separado.

Mapa de las diferentes rutas para subir y bajar el Fuji

Después de una media hora andando por Aokigahara, llegamos al punto 5 de Kawaguchiko. Esperábamos encontrar un par de hoteles y poco más, pero era todo un pueblo entero, con sus casas, sus tiendas, sus parkings, era como un pueblo misterioso en mitad de otro misterioso bosque. Cuando todavía no sabíamos ni donde dirigirnos la densa niebla hizo acto de presencia, ocultando al pueblo por completo, solo veía la parada de autobús que tenía al lado, todo lo demás había desaparecido entre la blanca espesura. Sin duda parecía todo un pueblo fantasma, hasta que la niebla dejó pasó de nuevo a la vida del pueblo, volviendo a ver gente moviéndose de aquí para allá.
Cuando hubimos acabado de ver tiendas de souvenirs y tiendas de comida, decidimos mirar que autobús coger para que nos llevase hasta la estación de tren, pero para nuestra sorpresa, el último se había ido media hora atrás, justo cuando llegamos al pueblo. Fui a preguntar si habría otro para ese mismo día, pero solo obtuve la respuesta que hasta el día siguiente no habría otro. Me quedé pensando en este nuevo percance que teníamos cuando vi llegar otro autobús del cual bajaban una veintena de jóvenes que dirigidos por varios adultos y al grito de Banzai ansiaban hacer cima en el Fuji. En ese instante, uno de mis compañeros me dijo que había encontrado una pareja que se ofrecían a acompañarnos hasta la estación de tren en su coche. Rápidamente fuimos hacia allí, y después de agradecerles el gesto, nos introducimos en su gran monovolumen para dirigirnos hacia Kawaguchiko.
El trayecto se hizo ameno con conversaciones en inglés sobre nuestra aventura, nuestros percances y alguna que otra referencia a España, país por el cual tenían cierto interés, dado que años antes habían ido a visitarlo. Después de un rato, llegamos a la famosa estación de tren, donde luego de despedirnos de nuestros acompañantes fuimos a finalizar esa gran aventura.
Al regresar a Saitama, descubrimos que el compañero de viaje que estuvimos esperando en Studio Alta, pensó que no subiríamos y volvió al hotel para llamar a ver que sucedía, al ver que nosotros ya habíamos ido a subir al Fuji, propuso a uno de los que se había quedado en Koshigaya si quería ir con él a subir la montaña, éste le respondió que no. Toda una lástima para la persona que más ganas tenía de subir al Fujiyama. Seguro que en otra ocasión lo realizará con menos problemas que nosotros. Por otro lado, viendo que nos retrasabamos de nuestra escalada al monte, los dos compañeros que se quedaron en Saitama pensaron que nos habíamos perdido y si tardábamos más contemplaban la idea seriamente de llamar a la policía. Sinceramente, en parte no les faltaron motivos.